miércoles, 23 de mayo de 2012

México y las elecciones de 2012 (I)



PELIGRO DE UNA REGRESIÓN FATAL



Partir de la desesperanza, el pesimismo y la angustia social para analizar un fenómeno político de la magnitud de una elección presidencial es una actitud cómoda para todos aquellos individuos posibilitados de ejercer la herramienta filosófica más poderosa para reconstruir los cimientos sociales: el pensamiento crítico. La presente serie de reflexiones se basa en la premisa de que México es un país que ha cambiado esencialmente en los últimos 20 años. El autor afirma que han existido procesos estructurales que han hecho pensar que el rumbo de la historia puede ser mejor si se toma conciencia de que las generaciones presentes somos responsables de continuar con la correcta marcha hasta el momento emprendida, enmendar las situaciones en donde claramente se ha visto que el fallido cambio ha resultado en algo testarudo, irresponsable e inconsciente y proponer acciones en todos los niveles para reconstruir el presente, asumir sin negar el pasado y planear el futuro.
       Resulta evidente afirmar que todo proyecto de reconstrucción de un orden social debe pensar en los que vienen detrás de nosotros, en aquellas criaturas que aun sin aparecer físicamente ya se proyectan en el horizonte que crea la práctica constante del verdadero amor entre dos seres humanos. Su reconocimiento explícito implica asumir la gigantesca tarea que requiere mirar globalmente y tener audacia para actuar con decisión en nuestro entorno inmediato: conjuntar la destreza mental con dos horizontes que determinan los alcances y límites de la voluntad del hombre: tiempo y espacio.
     Para transformar cualquier estructura social, aspirar a modificar un régimen político, luchar con fervor por alcanzar una revolución cultural y contribuir a desarticular un injusto sistema económico se requiere conjuntar en todas sus variables la interpretación que la mente humana hace de estos dos elementos: tiempo y espacio. Larga y corta duración, lejana y cercana distancia, pequeña y grande magnitud, fuerte y débil impacto: opuestos todos que vistos a nivel global se convierten en aliados inseparables, ecuaciones imprescindibles, productos sofisticados del pensamiento crítico. Por consiguiente, el verdadero cambio en cualquier ámbito de la humanidad sólo se puede dar si cada una de las personas que habitan un espacio, que asumen la temporalidad de su capacidad de acción viven de acuerdo a la siguiente noción: el hombre es un ser que puede recrearse a sí mismo, proceso que a su vez conlleva de suyo a recrear su entorno y transformar su realidad.
      La noción de que el hombre puede recrearse a sí mismo, modificarse y aspirar a redimirse es un gran avance del pensamiento moderno que tiene sólo un par de siglos de formar parte del imaginario colectivo de las sociedades en todo el mundo. Hegel concebía al pensamiento como el medio mediante el cual el hombre se producía a sí mismo. Marx “volteó” la estructura de pensamiento idealista para afirmar que efectivamente el hombre se produce a sí mismo, pero no sólo a través del pensamiento o enriquecimiento del espíritu sino más bien a través de la conjunción de la relación entre la naturaleza y la capacidad física del hombre: el trabajo como herramienta redentora y transformadora de la realidad.
         Introducir este postulado filosófico no es ocioso si se toma en cuenta que para modificar el curso de una elección presidencial es necesario considerar que los ciudadanos tienen la oportunidad de recrearse a sí mismos, de producir su propia realidad no sólo a través del trabajo y del pensamiento, sino de ambas consideraciones. Votar es un acto muy importante de los millones que existen para recrear nuestra sociedad. Ni la ortodoxia marxista materialista atea, ni el idealismo reaccionario hegeliano. Desde tiempos de su concepción, la negativa de ambas propuestas ha degenerado en la proposición de sistemas de “interpretación” de la realidad que tienen como base el pesimismo, el relativismo y la desesperanza. Cualquier referente a la posmodernidad no es ninguna casualidad.
     Asumir la falta de capacidad de acción, voluntad transformadora e inventiva revolucionaria es pensar como Sartre cuando afirmó que la muerte de un hombre es como matar a dos pájaros de un tiro pues “yace en el suelo un hombre muerto y un hombre libre”. Antítesis de la cultura de la vida, una oda al nihilismo: nada vale, nada se puede hacer, todo está realizado, la historia se impone, no se crea.
      Hannah Arendt enfatizó el elemento revolucionario por excelencia en las mentes de los individuos que tuvieron el coraje de modificar con las manos el curso del reloj de la historia: “la pasión por la compasión”, por el sufrimiento del de enfrente. La actitud pesimista es reaccionaria ante esta consideración. Parte del supuesto de que  no, nada se puede modificar. La obediencia, enmascarada de fuga de la realidad, es el único camino, uno de pasividad, inacción y egoísmo. El mismo Schopenhauer afirmó que “la compasión es la esencia misma de todo amor y solidaridad entre los hombres”. Pasión por la compasión, solidaridad y amor, valores que la filosofía política ha tomado prestados de la ética para explicar la actitud de los hombres ante los vaivenes de la historia.
     Es importante mencionar este tipo de consideraciones filosóficas porque como sociedad se ha llegado a la creencia en la inevitabilidad del destino. Es puritanismo puro o puro puritanismo, como se le quiera etiquetar, el asumir creencias “predestinadas”. En este sentido, Enrique Peña Nieto se erige como un predestinado políticamente: Calvino estaría feliz de ver cómo el inconsciente colectivo no sólo cree sus conceptos sino que los seculariza y vive en carne propia. Se asume que será inevitable que el mexiquense llegue a la presidencia o que si llega, la tragedia se cernirá sobre nosotros y todo estará perdido. No se trata de tener fe ciega en la alta política, ni si quiera de vapulear a tan noble arte, sino de asumir la “politicidad” de nuestra vida y dejar de considerar al ejercicio electoral como un corte de caja, gestor de proyectos de vida, asesino de sueños por construir.
      Cuando Bolívar Echeverría aseguró que no todo en la política es político, ni todo lo político es política, llamó la atención a los hombres dedicados a las humanidades y las ciencias sociales para reflexionar en torno a cuándo sí se puede actuar dentro de un marco político formal o institucional y cuándo debe hacerse por otros medios. No es el objetivo de este texto enumerar, explicar y analizar esos medios no institucionales para modificar un sistema político, más bien, lo que se defenderá es la necesidad que actualmente se tiene de votar en las siguientes elecciones para evitar el acenso a la presidencia de un sujeto que representa a un proyecto oligárquico nocivo para la regeneración de la sociedad mexicana.

Líneas arriba se mencionó que el país había transitado por cambios históricos dignos de considerarse como loables en la búsqueda de una mejor sociedad. No se puede hablar con responsabilidad si todo el tiempo se afirma que en México “nada ha cambiado”, que “todo sigue igual”, que “todo es lo mismo”, “seguimos como siempre”. Se puede esperar ese tipo de afirmaciones por parte del grueso de la sociedad, del ciudadano de a pie. Es muy probable que para millones de mexicanos exista un estancamiento individual tan frustrante que esas verdades sean inamovibles. Aunque, como se verá más adelante, también existen elementos para refutar semejantes sentencias. Sin embargo, de algún integrante del mundo académico, intelectual, profesional o llámese como se llame, no se puede esperar clamor tan condenatorio.  Jorge Carpizo, en su momento, llamó a este tipo de individuos como los “ayatolas mexicanos”, conservadores que se escudan en el miedo al cambio diferente al de sus atrincheradas y rancias ideologías: ultracatólicos, comunistas, socialistas, anarquistas, neozapatistas, populistas, nihilistas, posmodernos, etc. 
     Debemos partir entonces de que el México actual es mejor que el México de hace 20 o 30 años. En el rubro político y económico se han dado avances  dignos de mencionarse.
       El argumento popular que más se escucha en taxis, filas de tiendas, en el campo y en todos los lugares en donde crea su mundo la fatigada clase trabajadora de este país es que antes “las cosas estaban mejor”, “robaban pero dejaban robar”, “había corrupción pero repartían el dinero”, “circulaba más efectivo”, “había menos pobreza”, “todo estaba más barato”, “antes alcanzaba con el salario mínimo”. La percepción de la ciudadanía es importante porque sirve como termómetro para entender porqué la tendencia electoral hacia Peña es tan sólida. Pero eso es el nivel discursivo, aun cuando en las vidas personales de las familias de la clase popular parezca existir un estado de completo estancamiento o retroceso económico la realidad es diferente. Es importante señalar brevemente por qué se afirma semejante consideración tanto a nivel micro como macro.
     En el nivel micro la economía se ha dinamizado en muchos aspectos. A partir de las reformas económicas proyectadas desde el sexenio de Miguel de la Madrid y comenzadas de manera sistemática con Carlos Salinas de Gortari el mercado interno mexicano se ha vigorizado en muchos aspectos. La sociedad tiene mayor opción de compra en rubros como bienes de consumo duradero, manufacturas, productos ensamblados, ni que decir de la industria de los servicios. La oportunidad de libre asociación económica y la creación de pequeñas y medianas empresas se disparó de manera espectacular a partir de los años ochenta y hoy las pymes son un pilar importante de la economía nacional. Es cierto que el efectivo escasea y que antes alcanzaba para más, pero esto era a costa del mantenimiento de una burocracia excesiva y una política macroeconómica que tarde que temprano resultaría en una crisis de tremendas proporciones. (Ojo, la crisis de 1994 fue de diferente naturaleza, tuvo como origen la excesiva descapitaliación de las finanzas del país por una creencia fundamentalista en el neoliberalismo). Ciertamente, en la actualidad la burocracia sigue desfalcando las arcas nacionales, pero comparado con el volumen económico que demandaba el mantenimiento de los subsidios, de las miles de empresas innecesarias con el PRI estatista la economía popular se ha hecho más dinámica.
     A nivel macro la asignatura en la que más ha mejorado el comportamiento de la economía nacional es el control de la inflación. En 1988 se llegó casi al 180%, mientras que actualmente a pesar de la crisis financiera global, la inflación no ha subido del 4%. (Banco Mundial, 2011) En este sentido la política económica implementada a partir de Carlos Salinas ha sido exitosa y aquellos que busquen algún argumento contrario basta invitarlos a ver las crisis en países europeos como España, Grecia, Portugal e Italia. En todos esos países el derruido Estado de bienestar ha pagado el precio de la vorágine capitalista neoliberal, mientras que en México no ha sido necesario implementar políticas de austeridad tan salvajes.
     A pesar de todos estos avances en materia económica, sigue existiendo una asignatura pendiente en la que Enrique Peña no aportará ningún cambio: la reforma fiscal. Es muy preocupante que el priísta no hable de manera contundente sobre esta cuestión. Sin reforma fiscal no puede haber un cambio integral en la búsqueda de terminar con las enormes diferencias sociales que existen en México. El regreso del PRI a Los Pinos significaría regresar a viejos vicios clientelares, que aunque, desde luego, no habían sido abandonados del todo con el PAN, sí habían sido menos difíciles de llevar a cabo debido al fomento de la transparencia y la rendición de cuentas comenzada en la última década del siglo pasado. La institucionalización de estos procedimientos políticos peligra de regresar el PRI a la presidencia. Ese es un partido cuya esencia misma es la creencia que desde el poder todo se puede seguir ocultando, que la ciudadanía misma está dormida en un lecho de conformismo e inacción.
      La administración de Peña en el Estado de México estuvo plagada de irregularidades en todos los ámbitos de la administración pública y la materia fiscal no fue la excepción. Tal como lo documentó de manera magistral Jenaro Villamil en su trabajo periodístico Si yo fuera presidente, el manejo de las finanzas del estado se llevó a cabo con el mayor secretismo posible, se permitieron tergiversaciones y desvíos de fondos públicos, pero sobre todo se alcanzaron niveles de corrupción tan escandalosos que de llevarse a nivel nacional ocasionarían más problemas al comportamiento de la economía mexicana.
     En suma, en el ámbito económico han existido mejoras en los últimos 20 años. En algunos aspectos el balance es positivo, sin embargo, por supuesto que cambios estructurales en la política económica neoliberal son más que necesarios. El desigual repartimiento de la riqueza sigue siendo un terrible lastre, restregado constantemente por organizaciones internacionales como mostró el último informe sobre pobreza en América de la CEPAL. Lo preocupante es que, de ganar la presidencia, Peña reproducirá viejos vicios, continuará con iniciativas tan testarudas como el TLC en el rubro agrícola y en las asignaturas en donde se ha avanzado, como en la rendición de cuentas, definitivamente se retrocederá.
     En el ámbito político los avances de México con respecto a hace 20 o 30 años son más palpables que en el económico. La participación ciudadana se ha manifestado de manera sorprendente en las elecciones de 1988, 2000 y 2006. El voto en estos años se ha manifestado como una verdadera herramienta de cambio. El ciudadano acarició, para después encontrar una amarga desilusión, las mieles del cambio con Fox y la posibilidad de enmendar la plana en la última elección federal. Semejante vida política hace 30 años era impensable. Aquel régimen unipartidista, cuasiomnipotente fue vapuleado por la ciudadanía en la elección de 2006, pero ahora, con la figura de Enrique Peña a la cabeza, espera con ansias su regreso a la dimensión que lo vio nacer hace más de setenta años: el poder. El centralismo, gran tragedia mexicana desde tiempos decimonónicos, espera vigorizarse de llegar el mexiquense a la presidencia.
     Recientemente el candidato de la coalición “Compromiso por México” “lanzó” un decálogo político. Si Alicia tuviera elecciones en su país habría copiado a Enrique Peña su maravilloso documento. Aquí la pregunta que se debe lanzar a la palestra es si es realmente plausible creer que de llegar a la presidencia realizaría lo prometido. Demasiada ingenuidad – ¿o ignorancia?- después de ver los excesos de su administración en el Estado de México. Todas sus propuestas son loables, libertades políticas a todos los miembros de la sociedad, límites democráticos al ejercicio del poder, “rechazo a la discriminación, impulso al diálogo entre poderes, garantizar elecciones libres, avanzar en la transparencia y rendición de cuentas y replantear la relación política del gobierno federal con estados y municipios”. Nada nuevo bajo el sol en términos discursivos, aunque si esto se cumple habría que cambiar el dicho popular pues diríamos ahora ¡los olmos ya dan peras!
     México se encuentra en serio peligro. Todos sabemos su nombre, no precisamente porque sea una persona con demasiado poder. De hecho, lo que caracteriza a Enrique Peña Nieto es la total ausencia misma del acto humano más gratificante, placentero y satisfactorio que la mente pueda corroborar a través de la acción: el poder. Vayamos a la teoría para comprender este fenómeno tan peculiar en la historia política moderna.
    El derecho clásico romano legó al pensamiento moderno tres fuentes de poder que caracteriza la organización de la polis, (llámese Estado en tiempos modernos): auctoritas, potestas e imperium. Auctoritas se refiere al poder que se confiere por el reconocimiento público, por el prestigio, la fama, sabiduría, confianza y experiencia. Huelga afirmar que Peña no tiene ningún prestigio, buena fama o sabiduría. Experiencia política desde luego que sí, gobernar el estado más importante del país algo deja, pero desafortunadamente en política la experiencia no necesariamente significa buen gobierno.
    Potestas tiene diferentes acepciones, pero a partir de la Ilustración fue muy claro que esta fuente de poder recayó en el pueblo, para dejar de ser un atributo de los magistrados, legisladores, administradores, interpretadores y observadores de la aplicación de la ley para el correcto funcionamiento de la sociedad. El desarrollo del término de soberanía popular, a través del cual la sociedad se convertía en su propia gobernante, -la voluntad general de Rousseau-, obscureció la potestad ejercida por el magistrado como individuo. En términos de poder de un magistrado, potestas, era precisamente la función que detentaba para llevar a cabo su labor política. Su cargo mismo legitimaba el poder que ejercía. Peña asumiría técnicamente este poder por las mismas implicaciones del ejercicio de gobierno. Sin embargo, proponer leyes, decidir sobre controversias y aplicar justicia no es un atributo que competa el ejecutivo federal sino al poder judicial y legislativo. En este sentido, la potestad presidencial sólo se reduciría a proponer o vetar leyes. Entonces, ¿tendría realmente poder?
     La tercera fuente de poder es imperium. Su carácter era más coercitivo que administrativo, legislativo y organizacional. Imperium confería el poder de control sobre las tropas al cónsul, procónsul, dictador o emperador según la época en la historia romana. Con la aparición del constitucionalismo occidental, a partir de la independencia de Estados Unidos, fue de uso común en las doctrinas de legitimación de gobierno de las repúblicas poner todo el poder de las armas solo a disposición de la cabeza del Ejecutivo. Este ejercicio de poder ha resultado ser el más problemático en la era tecnológica. Ha devenido en masacres y genocidios propiciados por todo tipo de organización política:  repúblicas “mesiánicas” en Saigón o Bagdad, monstruos burocráticos en Siberia o Auschwitz, “letradas” dictaduras en Buenos Aires y Santiago: todos han abusado de su voluntad de poder coercitivo de manera estrepitosa para sus sociedades.
      En México este ejercicio de poder tuvo un periodo igual de tremendo que en otras regiones con la guerra sucia de los años 70. Pero ni si quiera estos abusos generaron la convulsión social tan generalizada que la guerra contra el narcotráfico ha  propiciado: Calderón será juzgado por la historia por ser, después de Victoriano Huerta y Plutarco Elías Calles, el mandatario cuyo ejercicio del poder coercitivo (imperium) sumió al país en un estado generalizado de violencia tan nocivo para el ya de por si descompuesto tejido social en México.
     Conjuntar este poder con una personalidad política como la de Enrique Peña, como ciertamente ya lo mostró en Atenco, no es nada esperanzador. Y requiere tener cierto grado de locura- “esquizofrenia colectiva” diría Frued- pensar que elegir a este candidato podría mejorar las condiciones de la sociedad. Si un Calderón, que antes de ser presidente nunca en su vida política había si quiera soñado con ordenar el disparo de una pistola, mostró los riesgos del poder militar usado sin inteligencia  alguna, qué se puede esperar de un Peña que ya experimentó el placer que genera la represión y la violencia.





        Aquellos “indecisos” electoralmente hablando; aquellos “ultras”, “radicales”, “críticos”; aquellos “altermundistas”, “globalifóbicos” y “anticapitalistas” que volteen a ver a su alrededor. Piensen bien en la inconsciencia que representa boicotear un proceso electoral y permitir una posible regresión fatal para la vida nacional en México. Las circunstancias del momento han condicionado que la única manera de evitarlo sea votando no sólo en contra de Peña, sino a favor de Andrés Manuel López Obrador, un candidato que si bien no es la salvación de este país, -no existen mesias políticos- sí puede sentar las bases para que NUESTRA generación, una alejada de esta partidocracia, de esta podredumbre burocrática y de esta farsa mediática, pueda construir día a día con más ahínco y audacia una sociedad libre, fraterna, y sobre todo, justa.   

lunes, 5 de abril de 2010

La decadencia de la jerarquía católica global













Las recientes declaraciones del arzobispo Noberto Rivera Carrera representan el cinismo al que puede llegar la jerarquía católica. El señor Rivera señaló hace algunos días que era inadmisible el encubrimiento de pederastas por parte de cualquier sacerdote, no importando su rango dentro de la estructura de la Iglesia. (La Jornada, 1.4.10). Yo me pregunto si el señor Rivera no se habrá mordido la lengua, pues si hacemos memoria, podemos recordar el caso de pederastia protagonizado por el padre Nicolás Aguilar de Tehuacán, Puebla. Este caso viene a colación porque fue precisamente Norberto Rivera Carrera quien encubrió a este sacerdote pederasta e incluso autorizó su traslado a otras diócesis sin informar los antecedentes que el padre Nicolás tenía. (Cfr. Rodrigo Vera, Proceso, no. 1566, “Encubrimiento documentado”, domingo 5 de noviembre de 2006.)

La historia es bien conocida. El caso de Rivera fue llevado a una corte en Los Ángeles. El primer hombre al mando de la Iglesia en México no sólo se enfrentó a los padres de las víctimas que sufrieron a manos del padre Nicolás, sino también a otros primados que rechazaron las versiones de Rivera Carrera, como fue el caso del obispo de Los Ángeles Roger Mahony, quien advirtió a las autoridades que nunca le fue avisado por parte de Rivera Carrera el comportamiento del padre Nicolás. (La Jornada, 7.8.07)

A pesar de las pruebas documentales de la propia Conferencia del Episcopado Mexicano, que muestran que efectivamente Rivera autorizó el traslado de Aguilar a sabiendas de sus antecedentes, de las contradicciones en las que cayó durante sus comparecencias en los juicios llevados a cabo en Los Ángeles, del clamor de decenas de padres de familia cuyos hijos fueron víctimas del padre Nicolás, Norberto Rivera Carrera fue absuelto y continúa oficiando misa en la Catedral Metropolitana. ¿Tiene autoridad moral para hacerlo?

Otro jerarca de la Iglesia Católica en México es Onésimo Cepeda. Su caso es también a todas luces conocido. Gusta realizar fiestas de cumpleaños que cualquier magnate estadounidense bien podría envidiar. Sus invitados no son precisamente miembros de la humilde feligresía de la diócesis de Ecatepec. Más bien son miembros de la cúpula política y económica que controla a este país. Llegan en helicópteros, disfrutan de suculentos banquetes. Pero eso sí, al domingo siguiente el señor Cepeda se quita su traje de mafioso y se pone su disfraz de obispo para en la homilía decirle a su feligresía que se contente con lo que Dios les ha dado en esta vida, al fin y al cabo, el paraíso se alcanza en la siguiente vida, no en nuestra efímera vida terrenal. Actitudes como las de este jerarca lo único que hacen es alimentar el viejo mito protestante (nacido en el sigo XVI tras la Reforma luterana que más que ser una interpretación teológica de las sagradas escrituras fue una herramienta política en contra de la España católica en el marco de su proceso de contrarreforma) en el sentido de que el catolicismo era una religión que fomentaba la pobreza terrenal, mientras que el protestantismo, por el contrario, traería el reino de Dios al mundo de los hombres. Si analizamos las sagradas escrituras caeremos en la cuenta de que éste es un argumento falaz, pues en varios pasajes del Evangelio (signado tanto en la Biblia católica como en la protestante) Cristo señala lo contrario. Basta recordar un par de parábolas: la de las diez jóvenes y la de los talentos, en esta última Cristo concluye su enseñanza con la siguiente máxima: “al que produce se le dará y tendrá en abundancia, pero al que no produce se le quitará hasta lo que tiene.” (Mt 25, 1-30)

No obstante sus ostentosas fiestas de cumpleaños y la distorsión de la Palabra del Señor de la que vive, el señor Cepeda también suele hacer fraudes. A los que se preguntaban porqué Cepeda es amigo de tanta personalidad política y empresarial aquí está la respuesta. Son igual de fraudulentos. Todo está perfectamente documentado. Es información de dominio público, además de que de buena fuente personal tengo conocimiento que el sonado caso del obispo de Ecatepec, en referencia a la sucesión testamentaria de Olga Azcárraga y el caso de las pinturas de grandes artistas desde Modigliani hasta Siqueiros, debía finalizar en una sentencia en contra el obispo, merced a su fraudulento intento de expedir un pagaré por 130 millones de pesos a la señora Azcárraga; dinero que por cierto nunca entregó. (La Jornada, 15.10.08). Sin embargo, en parte debido a la falta de pericia del grupo de abogados que finalmente resolvió el caso, aunado a la tradicional impunidad de la que goza la cúpula política, económica y religiosa en este país, el obispo fue absuelto por el Juzgado 30 penal del Reclusorio Sur. (Proceso.com.mx, 11.2.10)

En general, Onésimo Cepeda se comporta más como un mercenario (recordar que fundó Inbursa junto con Carlos Slim) que como un religioso comprometido con los pilares fundaciones del cristianismo. Este señor, lo mismo que Norberto Rivera, se han olvidado de la Palabra que tanto pregonan en el púlpito. Son una vergüenza para la fe católica.

Por otra parte, del lado regular de la Iglesia, el caso de Marcial Maciel es dramáticamente desgarrador. Un hombre que en vida fue para miles de personas fue un modelo a seguir, una sólida figura en el ámbito moral, un verdadero pastor dedicado al cuidado de su rebaño, es en realidad un delincuente, cuyo lugar en la tierra debió ser una cárcel y no un aula, y cuya alma seguramente estará sufriendo los suplicios de los eternos infiernos, no precisamente los vergeles del Paraíso Celestial. Me queda claro que Maciel no está si quiera cerca del Santo Padre, ni del Santo Hijo ni del Santo Espíritu Santo. Su alma y su espíritu, sin lugar a dudas, están con Belcebú, Lucifer y compañía.

No es de extrañarse que esto pase con varios de los altos jerarcas católicos, pues en el México contemporáneo todas las instituciones sociales están degradadas por los tres pecados capitales en la historia de este país: la impunidad, la corrupción y la desigual distribución de la riqueza. La Iglesia no es la excepción. Empero, lo preocupante es que no sólo es en México, sino que a nivel global la Iglesia vive actualmente una de sus peores crisis en la historia contemporánea. Sólo se me ocurre un parangón en la historia de esta milenaria institución. Aquella de la Italia de los siglos XIV a XVI en donde la jerarquía eclesiástica estaba compuesta por verdaderos mercenarios de la guerra y la política. Los obispos tenían hijos, empezando por el de Roma claro, (¿quién no recuerda al infame Alejandro VI?) se mataban los unos a los otros, conquistaban territorios para saciar sus necesidades materiales, etc. El legado historiográfico de hombres como Leopold Von Ranke, Francesco Guicciardini e incluso el mismo Maquiavelo en su faceta como historiador, posibilitan conocer aquella realidad que, ciertamente en contenido es harto diferente a la de hoy, pero que en sustancia no dista mucho de lo acaecido hace siglos: es decir, la inmoralidad y decadencia en la que estuvo y está inmersa la jerarquía católica global.

En los últimos meses, cual efecto dominó, se han presentado casos de pederastia en México, Estados Unidos, Irlanda, Brasil, Alemania (tanto en la parte occidental como en la oriental), Austria y Suiza. El abuso sexual de niños ha escandalizado a la comunidad internacional sin precedente alguno en las últimas décadas. Lo más lamentable de la situación es que el propio Papa está implicado en casos de encubrimiento de pederastas. O al menos así lo da a entender la serie de reportajes documentados del prestigioso diario The New York Times. (véase NYT 22,25, 26, de marzo de 2010, en especial, 25 de marzo,“Vatican Declined to Defrock U.S. Priest Who Abused Boys". p. 1-A.)

El caso de Irlanda es sobremanera especial. Pero nada de lo que México no sea ajeno. Resulta que el cardenal Sean Brady, arzobispo de Arnegh, por lo tanto máxima cabeza de la Iglesia Católica en Irlanda, está implicando en encubrimiento de pederastas. Él mismo hace unas semanas se arrepintió ante el pueblo católico irlandés y mencionó que está dispuesto a renunciar si así lo desea el Papa. Sin embargo, Brady sigue en su cargo y no es probable que enfrente un juicio civil ni eclesiástico por el delito de encubrimiento de pederastia.

El siguiente dato duro es muy revelador del secretismo e impunidad con el que se maneja la Iglesia Católica. De 3000 casos remitidos a la Congregación de la Doctrina de la Fe, (ésta se encarga de juzgar los casos de pederastia de los padres de todas las diócesis del mundo) entre 2001 y 2010 sólo 20% fueron llevados a cortes eclesiásticas, y pocos sacerdotes de este mínimo porcentaje fueron expulsados de la Iglesia. Sólo 10% fueron expulsados inmediatamente. Otro 10% renunció voluntariamente, mientras que el 60% únicamente recibió sanciones y advertencias administrativas, como si lo que hubieran cometido no fuera un crimen y no debiera ser castigado tanto por el Derecho canónico como por las correspondientes legislaciones penales de cada país en cuestión. (NYT, 25.3.10).

Referir caso por caso es irrelevante. Lo que importa es resaltar la falta de credibilidad que tienen los altos jerarcas de la Iglesia. Unos por ser pederastas y otros por encubrir a estos criminales. Ambos debieran ser juzgados tanto por la propia Iglesia así como por cortes civiles.

Benedicto XVI mencionó algo muy acertado en el tradicional mensaje Urbi et orbi de Domingo de Resurrección. Mencionó que “en la actualidad la humanidad necesita una conversión moral y espiritual. Necesita de la salvación del Evangelio para emerger de una profunda crisis que requiere un cambio profundo comenzando por la conciencia”. (Zenit, 4.4.10) Pues esa conversión moral debe comenzar por los mismos que la pregonan. De lo contrario, incurren en la doble moral que tanto daño ha causado al cristianismo. Esa doble moral con la que se dirigen todos aquellos que gustan de lucrar con el catolicismo, (como los falsos panistas católicos mexicanos) logrando animadversión de la población que suele confundir los errores de la institución conformada por hombres de carne y hueso con el hermoso mensaje de esta religión. Un mensaje que tiene como pilares el amor y el perdón al prójimo. (Cfr. Mt, 5,38-46; Mc, 12,31; Lc 10,27)

Un dogma cuyos valores como la libertad y la justicia deben regular la vida de las sociedades es juzgado injustamente por individuos que se fijan en los errores de los hombres en lugar de apreciar la verdadera esencia del legado de Cristo expresado en el Evangelio.

lunes, 8 de marzo de 2010

China penetra en los Balcanes












Cuando la embajada china en Belgrado fue bombardeada accidentalmente por la OTAN en 1999, el gobierno del país asiático reaccionó de manera tibia, por no decir insignificante. El contexto internacional no era para menos pues Estados Unidos era indiscutiblemente el hegemón del planeta. Sin embargo, el equilibrio de fuerzas en la política internacional ha cambiado mucho en la actualidad.

Si bien China ya estaba en el escenario global como una potencia “emergente” hacia fines de la década de los 90, el mundo unipolar, que fue consecuencia de la caída del Muro de Berlín y de la Unión Soviética, estaba en su máximo apogeo aquellos años. No fue casualidad que en esta década Estados Unidos haya peleado las dos guerras con más consenso en la comunidad internacional durante el siglo XX: la guerra del Golfo Pérsico de 1990 a 1991 y la intervención de la OTAN en la ex Yugoslavia de 1994 a 1999.

No es tema del presente escrito, pero si se analizan las consecuencias a largo plazo de estas dos guerras, se verá que en realidad resultaron ser un fracaso. Cierto, se frenaron los crímenes de guerra en Kosovo y se logró la paz en la convulsa región balcánica. Sin embargo, se sentaron las bases para otra “balcanización” de algunos países de aquella península, en especial Bosnia, cuyo régimen político, según mencionó recientemente en una entrevista el ex primer ministro bosnio Haris Silajdzic, está a punto de colapsarse debido a la falta de implementación correcta de los Tratados de Dayton de 1995, por cierto firmados bajo auspicio estadounidense en Ohio. (CNN, 1.3.10)

Por lo tanto, no será extraño si las próximas elecciones en aquel atribulado país europeo desembocan en un intento de secesión de la Republika Srpska (República serbobosnia). De ser así, los espectros de la dominación otomana se volverán a aparecer: Bosnia, como lo ha hecho desde el siglo XIX, puede atraer de nuevo los reflectores de la comunidad internacional.

El caso de Medio Oriente no es necesario referirlo demasiado. Basta recordar los dos conflictos en los que EU se empantanó durante la presidencia de George W. Bush: Irak y Afganistán. Es tal el lastre que sigue cargando EU en aquellos desérticos rincones de Asia que el éxito o fracasó (más fracaso que éxito en el caso de Afganistán) que tengan las políticas de Obama hacia ambos escenarios será definitorio para las aspiraciones de reelección del mandatario estadounidense en 2012.

Por consiguiente, si Estados Unidos en los 90 buscaba alcanzar la paz y lograr estabilidad en las dos regiones en las que intervino, es una perogrullada afirmar, entonces, que en el caso de Medio Oriente fracasó estrepitosamente, mientras que en los Balcanes, aunque ciertamente la paz se alcanzó, la estabilidad política en varios países como Bosnia y Macedonia está muy lejos de sostenerse e incluso obtenerse.

Después de este necesario marco introductorio concentrémonos en la región de los Balcanes. La realidad geopolítica de esta región del planeta desde una perspectiva internacionalista se puede sintetizar con el siguiente aserto: si en la década de los 90 el mundo atestiguó la cruenta balcanización de la península del mismo nombre, en la primera década de este siglo, e incluso ya desde la segunda mitad de la década de los 90 en el caso de Eslovenia, se ha llevado a cabo un proceso que bien puede ser calificado como la europeización y occidentalización de los Balcanes. Esto debido a la entrada de varios países como Croacia y Eslovenia a la esfera política y económica de Europa, y más allá de las fronteras del Viejo Mundo, a la estructura militar de Occidente, o sea la OTAN.

Ahora bien, no obstante esta realidad política y económica relativamente uniforme en todos los países de la península, no se puede soslayar la realidad particular de cada país, en tanto que existen Estados no occidentales que desean tener presencia e influencia en la zona amén su proceso de europeización y occidentalización.

Al hablar de poderes ajenos a Occidente, en el caso balcánico no queda duda que ha sido Rusia la potencia que más injerencia ha tenido en los asuntos internos y externos de los países de aquella región europea. Históricamente, el Imperio Ruso, después la Unión Soviética y en mucho menor medida la Rusia contemporánea, han considerado a los Balcanes como parte de su esfera de influencia, aunque no siempre su presencia ha sido de la misma magnitud. Actualmente, merced al estado de sus relaciones con Occidente y aunado a la delicada situación interna en términos económicos que vive Rusia, se ve difícil que la otrora superpotencia global luche por ganar una influencia considerable en territorios más allá de Ucrania al este, Georgia al sur y las Islas Kuriles al oriente. Rusia se debería concentrar, como de hecho lo está haciendo, en consolidar su poder geopolítico en regiones en donde lo puede hacer (como ya lo está haciendo en el Ártico); y deshacerse, a riesgo de sufrir severas humillaciones, de aquella nostalgia de la era soviética de la guerra fría.

Pero ¡oh sorpresa! actualmente no es Rusia la potencia no occidental que intenta penetrar en los países balcánicos, sino que es China, cuya potente economía le demanda una mayor injerencia, presencia e influencia en regiones más allá del continente asiático. Esto viene a colación ya que hace pocos días fue publicado un artículo en la agencia de noticias Deutsche Welle, en el que se hace referencia a la enorme inversión económica que el gigante asiático está realizando en países balcánicos, de manera especial en Serbia. Dicho sucintamente: China se encuentra realizando algo similar a lo que hizo Estados Unidos con Latinoamérica en los albores del siglo XX, (periodo de la política exterior estadounidense que se conoce como la diplomacia del dólar) que en el caso chino hacia los Balcanes bien podría ser calificada como la diplomacia del yuan.

El gobierno chino ha otorgado préstamos generosos a países como Serbia, los cuales resultan ser mucho más accesibles en términos de intereses que aquellos que otorgan las instituciones financieras occidentales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Asimismo, obras de infraestructura de gran envergadura se están realizando con dinero chino. Tal es el caso del proyectado puente sobre el río Danubio, que en palabras del autor de la citada agencia alemana Tamsin Walker, “es importante para aliviar el tránsito en Belgrado, así como para probar qué tan bien puede trabajar China con su socio del sudeste de Europa”. (Deutsche Welle 3.4.10)

Estados Unidos, en el marco de la diplomacia del dólar, comenzó su penetración en Latinoamérica mediante grandes inversiones por parte de sus corporaciones. Posteriormente, su presencia económica se convirtió en una indiscutible influencia política al grado que sólo hasta hace pocas décadas América Latina ha comenzado a emanciparse políticamente de Washington. Ciertamente China no pretende poner y quitar gobernantes en los países balcánicos como Estados Unidos lo hizo en la gran mayoría de los países latinoamericanos. Sin embargo, lo que resulta a todas luces cierto es que Beijing está mandando un fuerte mensaje a Occidente, en el sentido de que China no es más la potencia emergente de que se habla, sino un verdadero actor global que domina su entorno geográfico más próximo, pero que asimismo puede comenzar a posicionarse económicamente en regiones en donde los actores externos anteriormente estaban bien definidos como en el caso de los Balcanes.

Allende el ámbito económico, China además participa activamente en las sesiones del Consejo de Seguridad de la ONU y en la Corte Internacional de Justicia en referencia al tema de Kosovo. Es sabido por todo mundo que China se opone categóricamente a la separación de la mítica cuna de la ortodoxia serbia. No necesariamente porque le interese la estabilidad de los Balcanes, sino porque, como señala el especialista Dusan Reljic, las numerosas minorías que habitan la inmensa China podrían seguir los pasos de los albaneses en Kosovo, en especial Xianjing y el Tibet. Por cierto, Reljic en entrevista con el diario alemán Der Spiegel mencionó lo que muchos ya sabíamos: Kosovo es más un protectorado de la Unión Europea que un Estado independiente. (Der Spiegel, 18.2.08)

Lo expuesto en este texto no quiere decir que Serbia vaya a capitular en sus intenciones de incorporarse a la Unión Europea, ni que dejará de ser socio de las instituciones financieras de Occidente. Empero, es probable que los países balcánicos, en especial aquellos en donde China está aumentando su presencia económica, diversifiquen sus relaciones con otros actores globales que les permitan tener mayor flexibilidad ante situaciones críticas en los organismos occidentales. No es coincidencia que la crisis económica que llevó a Grecia al estado en el que se encuentra, sea producto de su gran dependencia de Bruselas, en un contexto en el que la Unión Europea, como recientemente mencionó el Nóbel de economía Paul Krugman, ha demostrado sus fallas estructurales. (véase Paul Krugman, “The Making of a Euromess”, The New York Times, 15.2.10)

En conclusión, dos son las ideas que más se rescatan de esta penetración China en los Balcanes. 1) Por una parte, el gigante asiático comienza cada vez más a expandir su esfera de influencia a rincones en los que décadas atrás se pensó difícil que pudiera posicionarse, pasando de ser una economía “emergente” a una verdadera potencia global. 2) Por otra, los incipientes países ex yugoslavos pueden tener en China a un socio alternativo de la UE y sobre todo más confiable en el ámbito económico. Además de que la milenaria nación puede ser un aliado político, al menos en el caso de Serbia.

En última instancia, ambos asertos corresponden a la presente realidad de la política internacional en donde el multilateralismo ha sustituido al mundo unipolar de los noventa. Así que seguramente cualquier bombardeo “accidental” a alguna embajada china en los Balcanes no pasaría desapercibido el día de hoy.

jueves, 31 de diciembre de 2009

MÉXICO 2000-2009: La década perdida








El fin de la primera década del siglo XXI exige una reflexión profunda de los principales acontecimientos en la vida política del México contemporáneo.

Lo que se presagiaba en el año 2000 podría ser el inicio de una nueva era en la historia de nuestra amada patria, se convirtió en uno de los desperdicios más costosos para la población mexicana: la elección de Vicente Fox a la presidencia de la República. Como señalo en mi artículo “MÉXICO: A 9 años de la alternancia, Estado-nación sin rumbo”, la elección del guanajuatense pudo representar el evento capital en la reconfiguración del Estado Mexicano, tras cerca de 70 años de un sistema político unipartidista y monopolizador de la vida nacional. Las esperanzas estaban cifradas en él, su victoria fue incuestionable: parecíamos alcanzar finalmente la ansiada democracia.

Sin embargo, en su momento, la izquierda advirtió de lo que se había fraguado el 6 de julio del año 2000: un pacto entre la derecha, representada por el Partido Acción Nacional, y el partido hegemónico, emanado supuestamente de la Revolución Mexicana, el PRI. Este pacto político tenía como objetivo nodal eternizar en el poder a la cúpula política guardiana de los intereses de la rancia oligarquía mexicana, así como los intereses de las grandes corporaciones internacionales asentadas en este país. Vicente Fox se convirtió pues en el artífice de este pacto entre las elites políticas y económicas dominantes: ese terminó siendo su papel en la historia contemporánea nacional.

Baste recordar que durante la presidencia de Fox los niveles de crecimiento económico bruto fueron tan bajos como en periodos de las crisis de 1982 y 1995. Que durante su gobierno se desatendieron rubros tan importantes como la educación y el problema cardinal de nuestro país: el combate a la pobreza. En este punto, Vicente Fox puso en marcha un programa gubernamental llamado “Oportunidades”, (nombrado en primera instancia “Progresa”) el cual tenía como noble propósito combatir los altos niveles de pobreza que existían en nuestro país. Sin embargo, aunque no se debe despreciar el apoyo real que ha dado a miles de familias mexicanas, el programa “Oportunidades”, no es lo que verdaderamente México necesita para resolver este acuciante problema nacional. En realidad, fue una política fallida, que lo único que se proponía era hacer publicidad al gobierno federal, pretendiendo que se estaba trabajando en el combate a la pobreza. Los recientes números de la CEPAL comprueban mi aserto anterior: al final de la primera década del siglo XXI México es el país de Latinoamérica en donde más ha crecido la pobreza extrema. ¿Funcionó “Oportunidades”? (véase el informe en http://www.eclac.org/publicaciones/xml/9/37839/PSE2009-Cap-I-pobreza.pdf)

En cuanto al rubro educacional se refiere, la década de 2000-2009 consolidó un fenómeno que se venía dando en los sexenios anteriores: el control de la educación nacional por parte del poderoso Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE). Dicha situación se agudizó tras el papel que jugó este organismo sindical durante las elecciones presidenciales del año 2006. Su líder, la nefasta, corrupta y aciaga Elba Esther Gordillo, equilibró la balanza definitivamente a favor del candidato presidencial del PAN. El resultado fue la inacción de la Secretaria de Educación Pública en el intento de reforma educativa conocida como Alianza por la Calidad de la Educación, cuya implementación ha dependido de los intereses del Sindicato y no de las prioridades que debiera tener el Estado Mexicano en una verdadera refundación del sistema educativo a nivel nacional. Es lamentable que México ocupe el último lugar en desarrollo educativo de los países de la OCDE, como el último informe de esta organización señala. (véase el informe en http://www.olis.oecd.org/olis/2009doc.nsf/LinkTo/NT00006C86/$FILE/JT03273387.PDF)

En cuanto al rubro de transparencia se refiere, durante los gobiernos de la década conocida en términos políticamente correctos como de la “alternancia,” se mejoró a comparación de las décadas de gobiernos priístas en el poder. En este sentido, la creación del IFAI por Vicente Fox, significó el primer paso para liberar información concerniente a la administración de las finanzas y contabilidad públicas. Fue un buen paso, no obstante, una vez más como en la mayoría de los programas impulsados por los gobiernos federales de esta década, el Instituto Federal de Acceso a la Información Pública (IFAI) sirvió para crear una atmósfera de confiabilidad en los manejos del gobierno, mientras al mismo tiempo se ocultaba a la población la cantidad inmensa de contratos que el gobierno federal hacía con empresas privadas en sectores estratégicos como la electricidad, el petróleo y la minería. Además de que se trataba de mantener la serie de concesiones ventajosas a favor de familiares de los miembros de la cúpula política y económica. Recordemos el escándalo de los contratos de los hermanos Bribiesca para sostener el anterior aserto.

Ahora bien, la situación económica es sin lugar a dudas el rubro en el que los gobiernos del 2000-2009 mostraron más su ineficacia. La continuidad del neoliberalismo emanado del Consenso de Washington, inaugurado en el plano oficial con la entrada del México al GATT en 1985 y concretado con la implementación del ominoso TLCAN en 1994, significó en términos generales en la profundización de la pobreza a escala nacional. El neoliberalismo, al contrario de lo pensado por la cúpula priísta a partir del gobierno de Miguel de la Madrid, no resultó ser una política económica eficaz para un país con profundas diferencias sociales. Funcionó hasta cierto punto en las economías fuertes de Occidente, pero en las naciones subdesarrolladas y con altos índices de pobreza lo único que significó fue la agudización de la diferenciación social.

No es de extrañarse, entonces, las declaraciones recientemente hechas por el premio Nóbel de Economía Joseph Stiglitz, quien señaló que México fue uno de los países que peor supo manejar la reciente crisis económica global. No es menester ser un experto en economía para confirmar la declaración del premio Nóbel, por cierto rechazada por el ex Secretario de Hacienda Agustín Carsents. Es suficiente con saber algo de teoría económica para saber que cuando hay una crisis económica se deben recortar los impuestos y aumentar el gasto corriente, tal como lo afirma el gran economista británico John Maynard Keynes en su obra Teoría general del trabajo, interés y dinero. Dicho modelo de intervencionismo del Estado en la economía sirvió para mitigar grandes crisis económicas en la historia del siglo XX. Recordemos cómo Franklin Delano Roosevelt enfrentó el desastre en la economía estadounidense, provocado por la desregularización financiera impulsada por los gobiernos republicanos de Warren Harding a Herbert Hoover. O, más recientemente, como Barack Obama ha decidido seguir estos mismos patrones para tratar de resolver la reciente crisis sistémica del capitalismo global. En México fue totalmente lo contrario: se subieron y crearon nuevos impuestos, se detuvo el gasto corriente, además de que se aumentaron precios de productos básicos como la tortilla, el azúcar y la gasolina.

Ahora bien, un punto sensible en que los gobiernos de la década 2000-2009 intentaron innovar fue la cuestión energética, principalmente en materia de petróleo. La reforma propuesta por Felipe Calderón resultó ser ineficaz, oscura y superficial. La lógica del liderazgo neoliberal en el poder es que los energéticos deberían de estar privatizados. No se puso de manifiesto de manera descarada, pero los propósitos de la reforma tenían muchos afanes privatizadores, como la participación de privados en la comercialización, la refinación, la transportación y la exploración del petróleo nacional lo pueden demostrar. La cúpula en el poder no se da cuenta del fenómeno global en materia energética: la renacionalización y estatización de los recursos energéticos. Las compañías petroleras de mayor capacidad y volumen no son precisamente las transnacionales estadounidenses, británicas o españolas, sino aquellas compañías estatales como ARAMCO (Arabia Saudita), NIOC (Irán), CINOPEC (China), entre otras. Así pues, los dirigentes de la empresa estatal mexicana, en lugar de seguir preocupándose por su ineficiencia, deberían de ponerse a trabajar para hacerla regresar a los primeros lugares en los listados de las empresas petroleras. La reforma debería comenzar con limpiar el sindicato petrolero de la enorme corrupción concentrada en la figura de Carlos Romero Deschamps. Empero, luce complicado que Calderón se comprometa a dicha tarea, pues paradójicamente el PAN, que tanto se quejó de la política charrista del PRI, sigue continuando con esta vieja práctica, haciendo de los sindicatos cómodos parte nodal de su mantenimiento en el poder.

La década de 2000-2009 se caracterizó asimismo por la gradual pérdida de poder del gobierno federal ante los gobiernos estatales. Los gobernadores han adquirido cada vez más poder, recuperando el terreno perdido tras décadas de presidencialismo omnipotente del PRI. Esta característica dentro del sistema político nacional, hace pensar en la necesidad de definir cuál es el sistema político que necesita México: ¿un semipresidencialismo?¿una república parlamentaria?¿regresar al presidencialismo, pero ahora de manera consensuada con el Congreso y los gobiernos estatales?

El presente representante del Ejecutivo no se ha dado a la tarea de definir tal interrogante, tan necesaria para el correcto funcionamiento de nuestras instituciones, la eficacia de nuestras leyes y la verdadera representación de las mayorías. Sólo lanza propuestas mediáticas y sin sentido, como la reelección de alcaldes y diputados, cuyo verdadero propósito es perpetrar a la clase política priísta y panista en el poder. En este punto, uno de los mayores pecados de la derecha en el poder durante esta década es la gran indiferencia que ha mostrado frente a la Reforma del Estado, apoyada principalmente por la izquierda legislativa. La Reforma del Estado es una iniciativa que pretendía reformar las instituciones políticas en aras de acercar los dos componentes vivos del Estado-nación, es decir, la población y el gobierno. En pocas palabras, lo que se busca es la refundación de un Estado Mexicano cada vez más ineficiente, atado a los mandamientos de los liderazgos políticos dominantes, cuyos intereses con otras entidades no estatales ocasionan severos daños al buen funcionamiento de las instituciones, afectando de manera considerable a la mayoría de la población.

Otra oportuna interrogante que no puede escapar a este análisis es ¿qué nos dejó la década de 2000-2009 en materia de política exterior?

México durante el siglo XX se caracterizó por ser un país vanguardia en política internacional. Fuimos sin lugar a dudas la principal potencia de América Latina. Participamos activamente en el liderazgo de los países no alineados durante la Guerra Fría. Organizamos importantes cumbres internacionales en donde los principios de política exterior de no intervención y autodeterminación, enunciados en la Doctrina Carranza, eran política de Estado. México participaba como nación líder en la resolución de conflictos en la esfera latinoamericana, basta recordar nuestro papel en la crisis centroamericana de los 70 y la subsiguiente creación del Grupo Contadora a iniciativa de nuestro país. En suma, sin ser una potencia a escala global, México era incuestionablemente el país de vanguardia en Latinoamérica. Incluso, esta política exterior se mantuvo con los gobiernos neoliberales de Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo. Si bien es cierto que durante estos dos sexenios, nuestra política exterior comenzó a adoptar otro tipo de discurso: como el de la apertura comercial en el caso de Salinas y la democratización en el caso de Zedillo, México continuaba siendo un país hasta cierto punto congruente con nuestros pilares básicos en materia de política exterior.

Sin embargo, toda la presencia e importancia que tuvo México en el ámbito latinoamericano y mundial bajo los regímenes priístas, se revirtió con la llegada de la derecha al poder en el año 2000. El episodio más conocido fue aquel suscitado en Monterrey con las infortunadas declaraciones de Fox a la figura del líder cubano Fidel Castro. Así, México, que había sido tradicional defensor del gobierno cubano emanado de la Revolución de 1959, traicionó de manera flagrante los principios de no intervención y autodeterminación, cuando en las votaciones llevadas a cabo en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU cambió por primera vez en su historia su votación en cuanto a la situación de derechos humanos en Cuba se refiere. Dicha conducta tiene una explicación en la enorme presión que Estados Unidos infringió en México, dominando todos los aspectos de nuestra política exterior, y perdiendo la poca independencia que habíamos tenido durante el régimen priísta.

Consciente de la necesidad de enmendar la plana, Felipe Calderón decidió cambiar de rumbo y mejorar la relación con Cuba. Fue elegido un miembro del Servicio Exterior Mexicano (SEM) para dirigir la Secretaria de Relaciones Exteriores, lo cual fue celebrable. Con esta medida se esperaba hacer más funcional nuestra política exterior, pero en realidad, la acción de Patricia Espinosa al frente de la Cancillería ha sido tibia y mediocre. Ciertamente, se ha mejorado y aumentado el SEM, empero, se sigue con la vieja práctica de nombrar embajadores políticos, sin conocimiento alguno de la realidad internacional y el papel que México debe tener en ella. La designación de Jorge Zermeño como embajador de México en España, así como el reciente nombramiento del oscuro ex procurador Eduardo Medina Mora como embajador de México en Gran Bretaña, son hechos lamentables que restan credibilidad a México en el exterior.

Asimismo, dos recientes episodios son muestra de la pérdida de acción del Estado Mexicano en el exterior: la implementación de visas para los mexicanos por parte del gobierno de Canadá y la crisis en Honduras. Con respecto al primer punto, México mostró impotencia ante la imposición unilateral de visas por parte de nuestro socio de Norteamérica. Fuimos incapaces de responder de manera enérgica ante semejante imposición. Por su parte, la crisis de Honduras es el episodio que más representa la pérdida de poder de México en el exterior, y lo peor de todo, es que se trata de un área en donde México siempre fue indiscutible protagonista, como en el caso de Contadora en los 80. Fue en esta ocasión Brasil el país que asumió el liderazgo para la negociación del conflicto originado por el golpe de Estado de la derecha hondureña. Así pues, la crisis de Honduras representó el nuevo equilibrio de fuerzas de América Latina, con un Brasil líder indiscutible de la región y muy presente en los principales foros internacionales, mientras que por su parte México cada día se ha rezagado más. Por lo tanto, salvo el buen papel que recientemente tuvimos en la cumbre climática de Copenhaguen, que de hecho no es novedad pues nuestro país siempre ha sido impulsor de políticas a nivel mundial para combatir el medio ambiente, México se perfila progresivamente hacia una pérdida de prestigio, influencia y presencia en la escena global.

De todos los aspectos de los gobiernos federales de la década 2000-2009, el narcotráfico resulta ser el peor manejado por Fox y Calderón. El primero, de plano hizo caso omiso al problema, simplemente lo dejó continuar e intentó distraer a la población con otras acciones gubernamentales que tuvieron poca trascendencia para el mejoramiento de las condiciones de vida del país. De hecho, el mismo Calderón mencionó hace algunos meses que su antecesor había pecado de inacción frente a este importante problema.

En cuanto al actual ejecutivo se refiere, su llamada guerra contra el narcotráfico ha resultado en un estrepitoso fracaso de magnas proporciones. De 2006 a la fecha han muerto aproximadamente más de 23, 000 personas a causa del combate armado que emprendió Calderón al poco tiempo de asumir la Presidencia en julio de ese mismo año. Estas cifras rebasan por mucho a las bajas estadounidenses en las actuales guerras de Irak y Afganistán juntas. Su política se ha centrado en enviar miles de soldados a los estados en donde más existe este problema: 45, 000 militares y 20,000 agentes de la Policía Federal, dando un total de 65,000 hombres armados, cifra que es casi comparable con el total de soldados estadounidenses en Afganistán. De esa magnitud estamos hablando.

Asimismo, dentro de este marco Calderón propuso la Iniciativa Mérida, cuyo carácter es similar al Plan Colombia. En esta Iniciativa se pide ayuda a EU para lidiar con este preocupante problema, sacrificando soberanía nacional, dado que dentro de los postulados de este programa de asistencia está implícita la entrada a México de cientos de agentes estadounidenses, con derechos extraconstitucionales. Así pues, en términos generales la guerra de Calderón contra el narcotráfico ha resultado en una verdadera carnicería y en la militarización de varios estados de la República. Además, se han cometido flagrantes violaciones de derechos humanos por parte del Ejército, al grado de que organizaciones internacionales como Amnistía Internacional denunciaran al Estado mexicano de ser cómplice en los abusos a la población civil. (Véase http://amnistia.mx/abusosmilitares/informe.pdf)

Al igual que todos los programas implementados tanto por su gobierno como el de Fox, la guerra contra el narcotráfico es un intento más de hacer creer a la población que se está haciendo algo para resolver este problema. Ciertamente, se han detenido numerosos narcotraficantes, decomisado grandes cantidades de droga e incluso asesinado a importantes líderes como Arturo Beltrán Leyva, pero en realidad se está afrontando esta cuestión de manera superficial; pues la mejoría de la educación, la creación de empleos y la lucha contra la corrupción en las instituciones judiciales, que deberían ser las verdaderas armas contra el narco, son temas en los que Calderón no se ha querido comprometer en lo absoluto.

Podría continuar este texto enumerando lo que ha dejado 10 años de derecha en el poder en México, sin embargo, basta concluir señalando la gran cantidad de violaciones a nuestra Carta Magna que se han cometido a lo largo de estos años. El último ejemplo fue la extinción de la compañía estatal Luz y Fuerza del Centro, cuyo decreto de extinción viola explícitamente el artículo 89º de la Constitución, en donde se dice que el Presidente podrá “promulgar y ejecutar las leyes que expida el Congreso de la Unión, proveyendo en la esfera administrativa a su exacta observancia.” Calderón cínicamente citó al comienzo de su decreto este artículo, cuando en realidad no se tomó la molestia de consultar al Congreso de la Unión de esta decision, violando asimismo, el artículo 90º de nuestra Carta Magna en el que se establece que la administración pública federal, de acuerdo con las leyes expedidas por el Congreso “definirá las bases generales de creación de las entidades paraestatales y la intervención del Ejecutivo Federal en su operación”. Huelga decir que Calderón, además viola el artículo 87º de la Constitución en el que se establece que el Presidente deberá hacer la siguiente declaración al tomar posesión de su cargo: “protesto guardar y hacer guardar la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y las leyes que de ella emanen, y desempeñar leal y patrióticamente el cargo de Presidente de la República que el pueblo me ha conferido, mirando en todo por el bien y prosperidad de la Unión; y si así no lo hiciere que la Nación me lo demande”. La pregunta sería ¿Lo hizo Fox y lo ha hecho Calderón hasta el momento? Los hechos demuestran que no.

En suma, la década de 2000-2009 ha sido un periodo en el cual la cúpula política gobernante ha recrudecido su avaricia y su afán desmedido de poder. Un periodo en el que se ha aumentado estrepitosamente el número de pobres y la diferenciación social. Un periodo en que la educación de nuestros niños es cada día más deficiente. Un periodo en el que México ha perdido liderzgo internacional y regional. Un periodo en el que han muerto miles de inocentes en una guerra fallida contra el narcotráfico y en el que se han cometido numerosos atropellos a los derechos humanos de la ciudadanía. Un periodo en la que se han implementado políticas fiscales medianas, cuyo impacto se refleja en las clases más bajas y en los sectores medios de nuestro país, mientras los grandes corporativos siguen pagando cantidades miserables de impuestos. Un periodo en el que la derecha ha contradicho sus ideales y se ha montado en sindicatos cómodos para mantenerse en el poder, como el SNTE y el SNTPRM, mientras que desecha aquellos que le resulta incómodos como el SME. Un periodo en el que la izquierda ha puesto en primer término sus intereses partidistas y personales, en lugar del interés nacional.

Por consiguiente, no es exagerado concluir este texto mencionando que el periodo que acaba de finalizar ha sido una década perdida en la historia de México. En donde las oportunidades de cambio se han convertido en peores pesadillas y en donde las ilusiones de millones de mexicanos se han esfumado hacia el vacio más profundo de los vientos, tierras y mares de esta amada patria.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

¿Qué celebra Europa y el mundo a 20 años de la caída del Muro de Berlín?




Para la historia de bronce el 9 de noviembre de 1989 cayó oficialmente el Muro de Berlín. En realidad desde meses antes el Muro había comenzado a caer y no fue sino hasta meses después cuando finalmente se unificaría Alemania. Pero bueno, tomemos el 9 de noviembre como punto de partida.

El típico discurso de lo que pasó ese día es el siguiente: “con la caída del Muro de Berlín finalmente el hombre alcanzó la ansiada libertad. El bien le ganó al mal. Desapareció un pérfido sistema que sometía al hombre a vivir en condiciones deplorables. ¡Ganó la libertad! ¡Gano Occidente!” Sí, el Occidente de los Pet Shop Boys idealizado en su célebre cover a la canción Go West lanzado en 1993, aquel lugar en donde “el aire es libre”, en donde “la vida es pacífica”, aquel lugar que fungía como la “Tierra Prometida” para los que vivían en el Este. Se llegaron a decir estupideces como aquella proclamada por Francois Fukuyama, quien decía que “la historia había llegado a su fin”. Considerando que la historia se guiaba por una teleología establecida, el ex funcionario del Departamento de Estado de EEUU imaginó que el capitalismo había ganado para siempre, por tanto, ya no había necesidad de seguir hablando de historia.

Toda una fiesta espectacular se desplegó el pasado 9 de noviembre en Berlín. Ángela Merkel dando un discurso, ciertamente realista, en el sentido de la necesidad de tirar los muros que siguen en pie. Barack Obama presentándose desde Washington vía videoconferencia, felicitando al pueblo alemán. Paul van Dyk, mejor DJ alemán de la historia, nacido en Eisenhudestadt Alemania Oriental, tocando música que hace 20 años todavía no podía tocar. Lech Walesa estrechando la mano del último dirigente soviético Mikahil Gorbachov. Por cierto, Walesa, histórico líder del poderoso sindicato polaco Solidaridad, se quejó de casi haber mitificado a un Gorbachov que, según él, no quería que se cayera el Muro. En fin, todas las grandes personalidades estuvieron presentes en las Puertas de Brandenburgo para conmemorar un día que para muchos es el más importante en la historia contemporánea. (Véase la crónica de los festejos en Berlín en Deutsche Welle, 9.11.09)

Sin embargo, muchas cosas no suelen decirse cuando se habla de este suceso capital en la contemporaneidad. Para empezar no todo fue color de rosa. Por ejemplo, la unificación alemana no fue automática. Sin bien es cierto que dentro de la nación germana había menos dudas sobre este hecho, hubo un significativo, aunque minoritario, rechazo de sectores de la ex RDA. Por su parte, en el exterior no fue muy bien vista una Alemania unificada. Las pretensiones alemanas, en unos casos directamente y en otros poco menos, habían causado 3 guerras de grandes magnitudes: la francoprusiana de 1871, y la Primera y Segunda Guerras Mundiales. Por lo tanto, no es de extrañar que a las principales potencias europeas como Francia y Gran Bretaña les costara trabajo asimilar la idea de que otra vez Alemania estuviera unida. Así lo demuestra la correspondencia entre el entonces presidente francés Francois Miterrand y Margaret Thatcher en su calidad de primer ministro de Gran Bretaña. Según una nota del diario británico The Financial Times, de septiembre de 2009, documentos recientemente desclasificados del Ministerio de Relaciones Exteriores de Gran Bretaña muestran la inquietud del entonces presidente galo, cuando en una misiva a la “dama de hierro” le dice que una Alemania unificada “podría aplastar más de lo que hizo Hitler”. De ese tamaño era la desconfianza.
La caída del Muro para la Europa de hoy significó el avance de Occidente a tierras en donde nunca antes había estado. En realidad, significó la revaloración civilizatoria de regiones que ansiaban obtener las ventajas de la sociedad de consumo occidental, pero que al mismo tiempo no querían perder su identidad cultural forjada centurias atrás. La integración gradual de los nuevos países del este a la Unión Europea ha retrasado el proceso de unificación de los Estados del Viejo Continente. Las notables diferencias económicas, sumado a la cultura política de los países anteriormente gobernados por regímenes socialistas, se presentan como agentes de retraso en el sueño europeo de constituir una superpotencia global. Porque ¿qué es la Unión Europea sino una manera “institucionalizada” y “democrática” de querer erigirse como la gran potencia mundial, como lo fue en siglos pasados, en un mundo que cada vez se le va más de las manos? Y que de hecho, creo que ya se le fue. Por lo tanto, la caída del Muro, retrasa el sueño del genio de Köningsberg (Immanuel Kant) de una republica de Estados totalmente unificada. Se deberá de esperar varios años más para que Europa recupere su posición hegemónica en el mainstream global, si es que algún día la recuperará. En este sentido, se han hecho algunos esfuerzos como el recién Tratado de Lisboa, cuyos postulados son los más ambiciosos en materia de unidad política desde que se concibió una Europa unificada tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, como trato de demostrar en mi artículo “El Tratado de Lisboa. ¿Al fin una política exterior europea común?” publicado en la revista electrónica Interdependencia (www.interdependencia.com.mx), una política exterior consensuada y unificada está lejos de ser realidad, dados los diversos intereses nacionales en el seno de la Unión.

Sin duda alguna el mito más avasallador que rodea la caída del Muro es que el capitalismo resultó ser el mejor sistema, venciendo por tanto, lógicamente al sistema socialista. La década de los 90 parecía certificar dicha premisa, en virtud de que la economía global crecía a ritmos nunca antes experimentados. No obstante, la caída del Muro impulsó la maduración y el completo desarrollo de la criatura más espeluznante que ha creado el ser humano en toda su historia: el neoliberalismo. ¿Esto celebramos? ¿La victoria de esa frase brutal del capitalismo apuntalada por Ronald Reagan y Margaret Thatcher? La victoria de una maquinaria productora de pobreza, de injusticia, de desolación, de guerras, de desigualdad, de avaricia, de envidia, de egoísmo, eso es lo que dejó la caída del Muro. Cierto, se derrotó a un sistema represivo que negaba el valor más grande dentro de la comunidad humana: la libertad. Sin embargo, en Occidente de qué sirve la libertad si no hay igualdad ni justicia. La libertad debe englobar una amplia serie de condiciones que en Occidente no se cumplen.

Otra de las consecuencias de la caída del Muro, muy en consonancia con la victoria del neoliberalismo y la expansión de sus tentáculos por buena parte del globo, es el debilitamiento del Estado-nación como entidad rectora de los destinos de las sociedades. La tendencia histórica desde la década de los años 80 ha sido debilitar el poder del Estado a favor de otras fuerzas como las corporaciones transnacionales, las organizaciones multi y supranacionales, etc.

En conclusión, la caída del Muro de Berlín debe de verse de manera crítica. Por un lado, liberó a millones de seres humanas del yugó socialista. Pero apuntaló un sistema económico rapaz, deshumanizador y miserable. En la actualidad, ese sistema está caduco, mostró sus fallas y urge reemplazarlo. Ahora, a 20 años de la caída del Muro, es muy pertinente la pregunta que se planteara hace algunos meses el gran historiador británico Eric Hobsbawn: “Socialism has failed, now capitalism is bankruptcy, so what comes next?